9 de Julio: una fecha que sigue interpelando al país

Cada 9 de Julio, la Argentina vuelve la mirada hacia Tucumán. Fue allí donde, en 1816, un grupo de representantes declaró a las Provincias Unidas del Río de la Plata como nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. No fue un gesto aislado: fue el cierre de un proceso iniciado en Mayo de 1810, atravesado por tensiones internas y diferencias sobre el rumbo político de lo que empezaba a ser un nuevo país.

Aquella decisión fue un acto de valentía política, pero también una apuesta de futuro. Independizarse no significaba solamente romper con la dominación española; implicaba asumir la responsabilidad de construir un destino propio. Días después de la declaración, el Congreso de Tucumán amplió el alcance de esa resolución y rechazó también «toda otra dominación extranjera», dejando en claro que la soberanía debía defenderse frente a cualquier poder que pretendiera condicionar el rumbo de la nueva nación.

Doscientos nueve años después, esa palabra sigue interpelando. La independencia no se agota en una fecha del calendario ni en un desfile patrio. Requiere instituciones sólidas, educación de calidad, producción, trabajo, justicia y una ciudadanía comprometida con el bien común. La libertad política conquistada en 1816 necesita traducirse en condiciones concretas de vida y en oportunidades reales para no quedar reducida a una evocación solemne.

Un país no es verdaderamente libre cuando millones de personas sienten que el esfuerzo no alcanza, cuando el agravio reemplaza al diálogo, o cuando la desconfianza erosiona el vínculo entre la sociedad y sus dirigentes. Tampoco lo es cuando el desarrollo se concentra en unos pocos centros de poder mientras vastas regiones del interior siguen esperando infraestructura, empleo, conectividad e inversiones que no dependan de los vaivenes electorales.

Los desafíos económicos, sociales, educativos y productivos que enfrenta el país son enormes, y las respuestas no llegarán de un solo gobierno, un solo partido ni un solo dirigente. Requerirán inteligencia, responsabilidad y capacidad para construir acuerdos que trasciendan la coyuntura y permitan recuperar una idea elemental: ningún país se ordena si cada generación empieza de cero.

Celebrar el 9 de Julio implica también preguntarse qué independencia se quiere legar a las próximas generaciones: si una limitada a los discursos y las efemérides, o una que se exprese en igualdad ante la ley, movilidad social, desarrollo federal y un Estado que funcione al servicio de la gente.

Desde Tucumán en adelante, cada generación recibió el mismo desafío: hacer que aquella declaración no sea solamente un recuerdo glorioso, sino una tarea permanente. La independencia no se conserva solo con memoria. Se honra cuando un país es capaz de construir libertad con responsabilidad, soberanía con desarrollo y futuro con justicia.

Con informacion de Primera Edicion.