Alejandro Salvador Cuevas Almada tiene 82 años y todavía encuentra satisfacción en su profesión. Nacido en Asunción, Paraguay, llegó a Posadas cuando tenía dos años, después de que su padre, Ildefonso Salvador Cuevas, fuera designado jefe de mantenimiento de Aerolíneas Argentinas. Días atrás, el Concejo Deliberante capitalino lo distinguió por su trayectoria como ingeniero mecánico electricista.
Hizo el secundario en la Escuela Industrial de Posadas. Intentó continuar sus estudios en La Plata, pero el clima social de la ciudad lo disuadió y regresó. Fue su padre quien le recomendó Córdoba, donde finalmente cursó toda su carrera universitaria.
Antes de recibirse, una empresa cordobesa lo contrató como dibujante computista. Al año, lo enviaron a montar en Tinogasta, Catamarca, lo que él mismo había proyectado en papel. «Era un clima muy lindo, de gente muy agradable. Tenía 27 años y trabajaba hasta los domingos a mediodía. El único franco que tenía era el domingo por la tarde, cuando tomaba la camioneta y me iba a conocer Fiambalá, localidad donde aprendí a querer el folclore», recordó.
En Catamarca tuvo su primer contacto con la hoja de coca. Relató que se sentía mal físicamente en algunas jornadas y que los propios obreros le enseñaron el remedio: «‘¿Ve esa hoja?, sáquela y masque’. Era la famosa coca, sobre la que tenía mucho prejuicio. Pero como me sentía mal, la cuestión era tener una hojita en la boca y se acababa el problema», contó entre risas.
De vuelta en Córdoba rindió su última materia y obtuvo el título. Enseguida la empresa le pagó la matrícula en Buenos Aires y lo destinó a un proyecto para YPF y Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA), donde trabajó en tableros a prueba de explosión y cañerías.
A fin de ese año regresó a Posadas para las fiestas y fue contactado por Emsa, que necesitaba ingenieros de su especialidad. Aceptó, pero la dinámica de trabajo no se adaptaba a sus ritmos. «No soporté la presión de trabajar de otra forma. Era otro el sistema. Decidí salir a trabajar por cuenta propia. Decían que me iba a morir de hambre porque el único trabajo para las especialidades es la Dirección de Energía o Emsa», recordó quien además fue presidente del Consejo Profesional de Ingeniería de Misiones.
Trabajando de manera independiente, instaló su estudio y comenzó con planos de edificios e instalaciones telefónicas. Fue el primer ingeniero en realizar electrificación rural en Montecarlo, en una obra de casi dos millones de dólares que le demandó cerca de dos años. Viajaba los lunes y regresaba los viernes, justo a tiempo para dar clases por la tarde en la EPET 1 y en el Instituto San Arnoldo Janssen. «Esos colegios fueron dos constantes de mi vida durante casi 40 años de docente», señaló.
También desarrolló proyectos de electrificación para barrios completos de IPRODHA, cuando la empresa distribuidora no realizaba ese tipo de trabajos. «Adonde voy encuentro los barrios que aún están en pie. Disfruté de todos esos trabajos. Pero más disfruto ahora que recorro y veo que están en pie las obras. Eso es una gran satisfacción», afirmó.
Otro capítulo destacado de su carrera fue su trabajo como inspector de obra en Yacyretá, a cargo de la parte eléctrica del segundo tramo de la costanera y de obras en Ituzaingó, Corrientes. «De todas las empresas que estuve, fue la que más alegría me dio porque se trabajaba con rapidez», dijo.
Cuevas Almada también guardó anécdotas de la electrificación rural en la zona de Montecarlo, allá por 1972. Recordó con humor cómo los colonos lo recibían y cómo resolvió sin conflictos el caso de un agricultor que tenía árboles sobre el trazado de la red: «Tuve que usar la inteligencia para no tener conflictos», explicó.
Sobre el presente, mostró preocupación por la educación. «Veo que la Argentina está experimentando una decadencia en la educación. Entiendo que la tecnología mal usada no sirve. Los alumnos copian del celular, graban las clases, algunos pagan para que le hagan las carpetas, los trabajos. La docencia en serio es otra cosa. Yo tenía mucho amor por la docencia», expresó.
Al recibir el reconocimiento del Concejo Deliberante, agradeció a sus padres, Ildefonso Salvador Cuevas y Victoria Almada, quienes llegaron desde Paraguay por razones laborales. Y cerró con una reflexión sobre su carrera: «Todo lo que hice, lo hice con honestidad, con responsabilidad y con alegría por la satisfacción que me da el trabajo y el objetivo cumplido».
Con informacion de Primera Edicion.