René Gerónimo Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en una casa humilde del barrio ‘El Mondongo’, en La Plata. Sus padres, un carpintero y una modista, le dejaron algo más que un techo: una destreza manual que con los años cambiaría la historia de la medicina mundial.
Fue el primer cirujano en parar temporalmente el corazón de un paciente y coser con precisión milimétrica la vena safena, extraída de la pierna, a las arterias coronarias. Ese puente —el bypass— permitía que la sangre sorteara las obstrucciones. La técnica la realizó por primera vez en 1967, en los Estados Unidos, adonde había viajado para especializarse en la nueva era de las cirugías cardiovasculares.
Pero Favaloro volvió a la Argentina en 1971 con un proyecto propio: fundar un centro médico de excelencia. Lo logró, y en 1992 abrió el Instituto de Cardiología de su Fundación, en pleno centro porteño.
Médicos que trabajaron junto a él reconstruyeron, en diálogo con la agencia Télam, cómo era ese hombre en el día a día. Juan Barra, hoy vicerrector de la Universidad Favaloro, lo conoció en los años 80. Formó parte del primer grupo de investigadores —no más de veinte personas— y participó de los asados que Favaloro organizaba en su campo de Magdalena, en la provincia de Buenos Aires.
Barra recuerda haber encontrado, entre los diplomas de las universidades más prestigiosas del mundo, un bloque de quebracho de unos 30 centímetros. Cuando le preguntó qué era, Favaloro le explicó: «Eso que tenés en las manos es un pedazo de tablón de la cancha de Gimnasia (y Esgrima La Plata), que la están remodelando y me lo trajeron de recuerdo».
Esa misma pasión futbolera la aplicaba al análisis de los partidos del ‘Lobo’ con la misma precisión con que revisaba los trabajos científicos. «La intuición lo llevaba y tenía razón cuando pensaba que un cálculo no estaba bien», recordó Barra.
Oscar Mendiz, director del Instituto de Cardiología del Hospital Universitario Fundación Favaloro, describió la relación que Favaloro tenía con sus pacientes: «Era majestuoso verlo caminar por el hospital y que la gente le quisiera besar las manos». Y agregó: «Era Dios vestido de médico, pero que le besaran las manos no le gustaba porque era un tipo bastante sencillo».
Mendiz también señaló que Favaloro insistía en que los logros eran colectivos: «Enfatizaba que no había que hablar del ‘yo’, sino del ‘nosotros’ y que la prioridad número uno era el paciente».
Fue Mendiz quien recibió al primer paciente del Instituto, el 20 de junio de 1992: «Era un señor que no tenía recursos y había visto a Favaloro en el programa de Mirtha Legrand». Ese día el instituto no estaba del todo listo, pero Favaloro decidió operarlo porque su vida estaba en riesgo.
Raquel Vázquez, egresada de la primera promoción de la carrera de Medicina de la Universidad Favaloro en 1998, contó cómo eran las charlas del médico: «No hablaba de su experiencia quirúrgica, sino explicaba cómo los problemas sociales y económicos afectaban la salud de las comunidades. Todo eso era muy novedoso; la cabeza de René era increíble».
Gustavo Giunta, también de esa primera promoción, destacó que Favaloro saludaba a todas las personas que se cruzaba, «nunca desde un lugar de superioridad, sino que se ponía a la par». Lo vio operar y no olvidó la imagen: «Era deslumbrante la seguridad que tenía al trabajar sobre el corazón de una persona. Y más cuando sabés que no tenés todo el día, sino unos minutos. Y él lo hacía con toda la tranquilidad del mundo, inclusive explicaba en voz alta cada paso que daba».
En 1998 publicó una revisión sobre los 30 años del bypass con más de 1.000 referencias bibliográficas, que demostraba que la técnica había reducido la mortalidad por enfermedad arterial coronaria.
Sin embargo, ese mismo compromiso ético lo llevó a enfrentarse a lo que él mismo llamó la «corrupción imperante en la medicina». En medio de la crisis económica argentina y agobiado por los problemas financieros de su Fundación, Favaloro se suicidó el 29 de julio de 2000 con un disparo al corazón. Ni ese día el hospital dejó de atender.
Desde entonces, sus sobrinos Liliana y Roberto Favaloro, también médicos, tomaron la conducción de la institución para mantenerla en pie. Sus discípulos aseguran que la mística de Favaloro todavía se respira en los pasillos: la del hombre que decía conformarse con que el corazón de los argentinos tuviera honestidad, responsabilidad y solidaridad.
Con informacion de Primera Edicion.