Cuando una cirugía cardíaca concluye con éxito, mucha gente habla de milagro. Para el doctor Horacio Vogelfang, uno de los principales referentes argentinos del trasplante cardíaco pediátrico, lo extraordinario no ocurre dentro del quirófano. Ocurre antes.
«El milagro para mí está en la donación de órganos», señaló en una entrevista con FM 89.3 Santa María de las Misiones, en la que repassó una carrera marcada por más de 90 trasplantes cardíacos infantiles y miles de operaciones por cardiopatías congénitas.
En cada trasplante intervienen alrededor de 20 profesionales, bajo protocolos rigurosos y una técnica minuciosamente planificada. Vogelfang explicó que la tensión que se vive en esos momentos no tiene que ver con el ego del cirujano. «No es miedo al fracaso, porque cuando uno habla de fracaso parece referirse a que al profesional no le fue bien. Siempre está el temor de que algo salga mal por ese paciente que, en ese momento, se está jugando todo», expresó.
Cada intervención exitosa, además de prolongar la vida de un niño, contribuye a demostrar socialmente que la donación de órganos es necesaria y que los trasplantes pueden transformar el pronóstico de pacientes que de otro modo no sobrevivirían.
El médico admitió que su relación personal con Dios entra en tensión cuando una cirugía no sale como se esperaba. Dado que los procedimientos siguen siempre los mismos protocolos, la pregunta surge inevitablemente. «Si hice lo mismo, si hice todo bien, ¿por qué este chico no y el anterior sí?», planteó. Ante esa incertidumbre, sostiene lo que describió como un «pacto unilateral»: dentro del quirófano, los profesionales asumen su responsabilidad y no buscan explicaciones sobrenaturales.
Aunque reconoció que muchas cirugías para corregir malformaciones congénitas son técnicamente más complejas que un trasplante, Vogelfang sostiene que el acto verdaderamente extraordinario se produce fuera del hospital. «Siempre es un niño o una niña quien fallece y dona sus órganos. Que una familia que está perdiendo a un hijo o una hija reconozca que puede ayudar a otros niños, creo que ahí hay algo milagroso», afirmó.
El cirujano integró el equipo que en el año 2000 realizó un trasplante cardíaco pediátrico en el Hospital Garrahan. Aclaró que no fue el primero en Argentina: anteriormente se habían concretado procedimientos en una institución privada y en el Hospital de Niños Sor María Ludovica de La Plata, a comienzos de los noventa. Sin embargo, ese programa platense se discontinuó, y al comenzar el nuevo siglo no existía ningún hospital público pediátrico que ofreciera esa prestación. En ese contexto, la intervención en el Garrahan recuperó una importancia particular.
El proyecto no fue sencillo de impulsar. Algunos sectores consideraban que la medicina pública no debía asumir una práctica de semejante complejidad o que no podría sostenerla por sus costos. El primer trasplante era, entonces, decisivo: el equipo tenía la responsabilidad inmediata de salvar a la paciente, pero también sabía que un resultado negativo podía frenar el desarrollo de un programa con potencial para beneficiar a muchos otros niños. La paciente era Sabrina, una niña de Bahía Blanca que tenía nueve años al momento de la intervención. La cirugía salió bien y permitió consolidar una experiencia que continuaría creciendo.
Actualmente, según calculó Vogelfang, el Garrahan ya supera los 120 trasplantes cardíacos pediátricos. En el ámbito privado, el Hospital Italiano de Buenos Aires también desarrolla este tipo de procedimientos y acumularía entre 45 y 50 intervenciones.
Los trasplantes cardíacos infantiles siguen siendo poco frecuentes en comparación con los realizados en adultos o con otros órganos. La compatibilidad depende, entre otros factores, del tamaño del corazón. En adolescentes, el órgano puede provenir de un donante algo mayor; en niños pequeños, necesariamente debe venir de otro niño. Vogelfang explicó además que el corazón enfermo tiende a dilatarse durante la evolución de la enfermedad, lo que genera espacio en el tórax para recibir un órgano de mayor tamaño que el original.
Su trayectoria comenzó en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de Buenos Aires, junto al doctor Guillermo Kreutzer, a quien definió como el maestro de la cirugía cardíaca infantil argentina y un referente reconocido internacionalmente. Tras la inauguración del Garrahan, ingresó por concurso al servicio de cirugía cardiovascular, donde durante muchos años el equipo operó entre 400 y 500 pacientes por año. En cada intervención participan habitualmente tres cirujanos: uno conduce la técnica, otro trabaja frente a él con una responsabilidad equivalente, y un segundo ayudante facilita el trabajo de ambos.
Entre los pacientes que pasaron por sus manos se encuentra Stefy Vier, cuya madre Claudia acompañó la entrevista en los estudios de la radio. Vogelfang la operó por primera vez cuando tenía pocos días de vida, por una cardiopatía congénita que requirió una secuencia de tres cirugías. Con el tiempo, la técnica comenzó a fallar y el corazón empezó a ceder. Fue entonces cuando Stefy necesitó un trasplante. Vogelfang no pudo realizarlo porque ella ya había cumplido 18 años y, por las reglas de admisión del Garrahan, debió recibirlo en una institución especializada en adultos. «Era una luchadora por la alegría y por la vida. Es una paciente que está siempre presente», dijo el médico.
Vogelfang reconoció que las historias de los pacientes no pueden separarse de la vida de quienes los operaron. De los miles que atendió, conserva especialmente el recuerdo de unos 30 o 40, muchos de ellos los que no sobrevivieron. «Los pacientes que se van, que se pierden, son los que quedan», resumió.
Ese vínculo con la memoria también está en el origen de El corazón en la mano, el libro que publicó a fines del año pasado. La obra surgió tras su retiro del Garrahan, una salida que lo afectó profundamente porque consideraba al hospital como su lugar en el mundo. Con la orientación del periodista y escritor Javier Sinay, comenzó armando una lista de nombres, fechas, lugares y situaciones que aparecían en su memoria —entre los primeros estaba el de Stefy— y fue desarrollando cada recuerdo hasta convertirlo en un relato sobre su trayectoria y sobre la historia de la cirugía cardiovascular infantil y los trasplantes en la Argentina.
«Fue algo catártico que me ayudó muchísimo», reconoció sobre un libro cuyo título reúne los dos sentidos que atravesaron su vida profesional: la angustia de esperar un resultado y la experiencia literal de sostener el corazón de un niño entre sus manos.
Con informacion de Primera Edicion.