La rosella (Hibiscus sabdariffa L.) se posiciona como una alternativa concreta para diversificar la producción agrícola en Misiones. Esta planta de la familia de las malváceas puede superar los dos metros de altura en condiciones favorables y se destaca por sus cálices carnosos de color rojo intenso, que concentran gran parte de su valor comercial.
Para orientar a los productores de la zona, la ingeniera agrónoma Maricel Bálsamo, investigadora de la Estación Experimental Agropecuaria del INTA Cerro Azul, elaboró una cartilla técnica con recomendaciones agronómicas ajustadas a las condiciones regionales. Originaria del África tropical, la especie encontró en el noreste argentino un entorno propicio para su desarrollo.
En Misiones, el cultivo se sostiene principalmente a través del intercambio de semillas entre familias agricultoras, lo que generó poblaciones con variaciones en el porte, la pigmentación y la época de floración. Hasta el momento no existe una caracterización varietal oficial para la zona.
Los cálices de la rosella admiten múltiples usos: infusiones, bebidas, jarabes, mermeladas, jaleas, salsas, concentrados y colorantes naturales. También se incorporaron a mezclas de té y a la yerba mate compuesta, aportando color, sabor y compuestos bioactivos. Su inclusión en el Código Alimentario Argentino respalda legalmente su uso en la elaboración de alimentos.
Desde el punto de vista nutricional, los cálices contienen antocianinas —responsables de su color—, flavonoides, compuestos fenólicos y ácidos orgánicos que le dan su característico sabor acidulado.
El manejo agronómico es determinante para el rendimiento. Al tratarse de una planta de día corto, la rosella florece cuando la luz diurna comienza a reducirse tras el 21 de diciembre. Por eso, la fecha de siembra es clave: el cultivo debe iniciarse en primavera, superado el riesgo de heladas, ya sea por siembra directa o trasplante desde almácigos.
Para mejorar la germinación y acercarse a tasas del 85%, se recomienda remojar las semillas en agua durante 24 horas antes de sembrarlas. La densidad sugerida es de un metro entre hileras y 0,80 metros entre plantas, lo que equivale a unas 12.500 plantas por hectárea, en terrenos con plena exposición solar. La sombra reduce sensiblemente la producción.
El suelo debe tener buen drenaje y conviene realizar un análisis de nutrientes previo para planificar la fertilización. Durante los primeros 50 días es indispensable el desmalezado; luego, el follaje de la planta cubre el suelo por sí solo. El uso de mulch, compost o abonos verdes ayuda a conservar la humedad.
La cosecha es escalonada: los cálices se recolectan cuando alcanzan el tamaño, color y textura adecuados, antes de que comiencen a deshidratarse en la planta. Según evaluaciones del INTA en Misiones, el rendimiento promedio ronda entre 1,5 y 2 kilos de cálices frescos por planta. En poscosecha, se necesitan aproximadamente cinco kilos de materia fresca para obtener un kilo de producto seco. Para preservar la calidad comercial, el producto final no debe superar el 9% de humedad.
Colaboraron en la nota Francisco Pascual y Martín Ghisio.
Con informacion de Primera Edicion.