Raúl Balbino Brañas (78) fue director general del Servicio Penitenciario Provincial (SPP) de Misiones durante ocho años. Alcaide general retirado, egresado de la Escuela Penitenciaria de la Nación «Dr. Juan José O’Connor» de Ezeiza, recuerda esa etapa como un período de cambios profundos en una institución que, según describió, era vista históricamente «como algo raro».
«Afortunadamente, con el correr de los años, esta tarea titánica dio sus frutos», señaló quien se define como alguien que se siente «muy orgulloso de haber sido penitenciario, de serlo todavía».
Su gestión no tuvo un comienzo tranquilo. Asumió el 18 de diciembre de 1991 y apenas dos meses después se incendió el penal de Loreto. Brañas explicó que no fue un hecho fortuito: «No fue una tragedia de casualidad. Se perdió el edificio en su totalidad, pero no hubo víctimas porque la Virgen del Carmen, que es nuestra patrona, nos protegió y protegió a los internos, porque quemaron todo el establecimiento».
Describió aquellos días como una situación de «tensión terrible», con presión judicial y del propio Gobierno provincial, que no comprendía las causas del conflicto. Sin embargo, Brañas había advertido sobre la situación antes de que ocurriera: a los pocos días de asumir, remitió un informe al entonces Ministro de Gobierno detallando lo que podía pasar en los penales misioneros. La respuesta que obtuvo fue que el funcionario lo había leído «muy por arriba» y no había tomado en serio las advertencias.
Lo que siguió confirmó sus temores. El primero de mayo los internos de Oberá se amotinaron e incendiaron el establecimiento, aunque el fuego fue sofocado. En julio ocurrió lo mismo en Eldorado, con igual resultado. «Fueron momentos duros, pero ya estábamos preparados, teníamos conocimiento, y todo culminó en ocho horas, con intervención de la Justicia», relató.
Tras el incendio de Loreto, los internos fueron distribuidos en distintos puntos: algunos fueron alojados en un pabellón habilitado en la Jefatura de Policía, los más peligrosos derivados a la Unidad Penal 7 del Servicio Federal en Chaco y el resto trasladado a Oberá y Eldorado. La construcción del nuevo penal de Loreto insumió entre dos y tres años, también dentro de su gestión.
Sobre el edificio destruido, Brañas fue categórico: «Era un penal mal construido, mal diseñado, era un sufrimiento tanto para los internos como para el personal. Cuando se quemó, no quería que pase ninguna desgracia, pero sentí un alivio porque era un penal del Siglo XVIII».
El camino de Brañas hacia el sistema penitenciario no fue buscado, sino una salida ante la necesidad. Había terminado el secundario con la ilusión de estudiar ingeniería mecánica, pero la muerte de su padre y la situación económica de su familia lo llevaron por otro rumbo. Su madre le presentó la opción de una beca para la carrera de oficiales en la Escuela Penitenciaria de Ezeiza, y la tomó. Ingresó a Institutos Penales en 1967 y se retiró en enero de 2000, con más de treinta años de servicio.
Al regresar de la formación, recordó, los egresados de la Escuela se encontraron con resistencia interna: «Nos ponían palos y piedras la gente antigua, porque creía que veníamos a hacer una revolución. Y no era así. Veníamos con conocimientos de una escuela, donde nos capacitamos, nos formamos y nos inculcaron una mentalidad penitenciaria».
Sobre el personal que encontró al ingresar a la institución, señaló que la capacitación era muy precaria: «Mis camaradas eran buena gente pero con conocimientos básicos, algunos tenían la escuela primaria pero había suboficiales que eran analfabetos». Con los años, la institución fue profesionalizándose. Hoy, según destacó, cuenta con formación universitaria tanto en la fuerza policial como en el Servicio Penitenciario.
Entre las anécdotas que marcaron su gestión, recordó una visita de dos juezas de Posadas al penal. Brañas les advirtió que no era recomendable ingresar porque había internos comunes mezclados con inimputables y personas peligrosas, pero ellas insistieron. Durante el recorrido, un interno con problemas de salud mental se acercó portando una gillette con intención de agredir a las visitantes. El personal reaccionó a tiempo y lo redujo. «No puedo graficar el susto que se llevaron. No paraban de llorar, y para mí fue muy impactante», recordó. Señaló que ese problema quedó resuelto años después con la creación de la Unidad de Salud Mental en el antiguo sanatorio Baliña.
Brañas también fue víctima directa de la violencia carcelaria: en 1971, siendo oficial, fue tomado de rehén junto a un agente en la vieja cárcel de Posadas, ubicada en Ayacucho y Entre Ríos.
Sobre el sistema penitenciario en general, reflexionó que siempre está en déficit: «Ningún sistema carcelario de Argentina va delante del problema, siempre detrás. Eso dificulta la tarea del personal». Está casado con Mirta Beatriz Escalada, cuyo padre, Julio Isaac Escalada, fue el primer presidente de la Cámara de Diputados provincial. Tienen cinco hijos y cinco nietos.
Con informacion de Primera Edicion.