Rosa Ramos aprendió a tejer mimbre a los ocho años, de la mano de su padre, en un taller sobre calle Santa Fe y Rivadavia de Posadas. Hoy, décadas después, sigue al frente de ese legado familiar y además lo transmite: dos veces por semana da clases en la Escuela de Adultos 8, ubicada en Ayacucho y Roque Pérez, los miércoles y viernes de 18 a 21.
El oficio llegó desde Catamarca, donde su padre, su abuelo y sus tíos confeccionaban en familia toda clase de muebles y canastos. Una vez instalados en Misiones, el taller fue creciendo hasta ganar una clientela fiel entre empleados bancarios que encargaban sillones y muebles a medida. El espacio funcionó en distintas direcciones a lo largo de los años —Santa Fe y Rivadavia, luego Alvear, más tarde Colón casi Roque Pérez— hasta que Rosa quedó sola al frente tras la muerte de su padre.
Hoy se dedica principalmente a la reparación de piezas antiguas y a la fabricación por encargo. «Muchas personas optan por restaurar sus muebles de mimbre antes que comprar muebles nuevos. Un sillón nuevo puede costar más de $200.000 y repararlo sale mucho menos», señaló.
En sus clases conviven alumnas de distintas edades y trayectorias: jubiladas, jóvenes, docentes que buscan un ingreso extra. «Hay una señora de 67 años que viene porque esto la distrae y le gusta. En apenas un mes y medio de clases ya le hace canastitos a la hija y a la nieta», contó Rosa.
Sobre la durabilidad del material, explicó que «con cuidados mínimos, como no dejarlos a la intemperie, una pieza de mimbre puede durar más de 40 años; si está bien conservada siempre le da un toque cálido al hogar».
El mimbre no se produce en Misiones: la materia prima proviene del Delta del Tigre, en la provincia de Buenos Aires, donde están las principales plantaciones. «Es una especie de sauce tipo junco que necesita mucha agua, e incluso hay que mojarlo mientras se teje», explicó la artesana.
Rosa también recuerda que fue Domingo Faustino Sarmiento quien introdujo el mimbre en Argentina, tras conocer en Chile cómo se enseñaba el oficio en escuelas y cárceles. El material dominó los hogares y los comercios durante décadas, hasta que el plástico fue desplazándolo. «Antes era un negocio más floreciente, no había tanto plástico como ahora. Hace algunos años recién volvió a ser requerido», reflexionó.
A pesar de los cambios del mercado, Rosa Ramos sigue tejiendo encargos y preparando clases. Para ella, mantener vivo el oficio es, al mismo tiempo, una herencia y una elección.
Con informacion de Primera Edicion.