A cien años de su nacimiento, Marilyn Monroe sigue escapando de las etiquetas

El 1 de junio de 2026 se cumplen cien años del nacimiento de Norma Jeane Mortenson, bautizada Norma Jeane Baker, la mujer que el mundo conoció como Marilyn Monroe. Un siglo después, su figura no habita los archivos del pasado: sigue siendo una referencia viva en los debates sobre fama, identidad femenina y poder.

Su muerte en agosto de 1962, a los 36 años, congeló su imagen para siempre. Nunca envejeció ante el público y quedó fijada como arquetipo de belleza, glamour y fragilidad. Pero el centenario invita a ir más lejos que esa postal: a reconocer a la creadora consciente, la lectora voraz y la estratega que entendió el poder de la imagen antes que casi nadie.

La infancia de Norma Jeane fue durísima. Sin padre, con una madre con diagnóstico de esquizofrenia paranoide, pasó por una docena de hogares de acogida y un orfanato. Para salir de ese circuito se casó a los 16 años con James Dougherty. Su destino parecía ser el anonimato doméstico en plena Segunda Guerra Mundial, hasta que en 1944 un fotógrafo militar la descubrió trabajando en una fábrica de municiones.

Lo que vino después fue una de las operaciones de reinvención de identidad más llamativas del siglo XX. El cabello castaño se volvió rubio platino; la timidez de la infancia se transformó en un susurro sensual; el nombre quedó enterrado bajo el rítmico Marilyn Monroe.

A principios de los cincuenta, películas como Niágara (1953) confirmaron que la cámara tenía con ella una relación especial. Hollywood la trató como una mercancía perfecta para una sociedad de posguerra sedienta de evasión. Pero Monroe no era una marioneta.

El conflicto central de su vida fue la distancia entre el personaje que la industria le imponía —la rubia ingenua y decorativa— y la mujer que existía debajo. En 1954, en la cima de su fama, tomó una decisión inusual para la época: desafió a los magnates de la 20th Century Fox, se mudó a Nueva York y fundó su propia productora, Marilyn Monroe Productions, junto al fotógrafo Milton Greene.

Buscó formación actoral con Lee Strasberg en el Actors Studio, donde estudió a Chéjov y Stanislavski. Sus contemporáneos se burlaron; ella siguió adelante. En su biblioteca personal había más de 400 volúmenes de autores como James Joyce, Walt Whitman, Ernest Hemingway y Albert Camus.

El esfuerzo tuvo resultados concretos. Bus Stop (1956) y El príncipe y la corista (1957) mostraron una madurez dramática que nadie esperaba. Y en 1959, Con faldas y a lo loco le valió el Globo de Oro y demostró un dominio de la comedia que pocos actores de su época podían igualar.

Su vida privada también estuvo marcada por el poder. Sus matrimonios con el beisbolista Joe DiMaggio y el dramaturgo Arthur Miller reflejaron su búsqueda de estabilidad y respeto. Con Miller llegó a ser vigilada por el FBI debido a las simpatías izquierdistas del escritor.

El momento más cargado de simbolismo llegó en mayo de 1962, cuando enfundada en un vestido translúcido cubierto de cristales le cantó el célebre Happy Birthday, Mr. President a John F. Kennedy en el Madison Square Garden. Aquella actuación de pocos minutos concentró todo el reverso oscuro de su existencia: la exposición total, los rumores de vínculos con los hermanos Kennedy y la cercanía peligrosa de una mujer vulnerable al centro del poder. Menos de tres meses después, su cuerpo fue hallado sin vida en su casa de Brentwood.

A un siglo de su nacimiento, la fascinación persiste porque Marilyn encarna contradicciones que la sociedad actual todavía no resolvió. Es el símbolo de la mujer convertida en producto de consumo masivo, pero también quien peleó por el control de su carrera, su cuerpo y su salario en un mundo de hombres.

Hoy su imagen se subasta por millones, inspira biopics y es reinterpretada con inteligencia artificial. Todos intentan fijarla en un solo fotograma —el vestido blanco, los labios rojos, la mirada lánguida— pero ella sigue escapando de las etiquetas. Celebrar su centenario es, antes que nada, reconocer a la intérprete, a la comediante y a la mujer que, partiendo de la nada, se convirtió en uno de los espejos más persistentes de la cultura contemporánea.

(Nota elaborada con ayuda de la IA Google Gemini)

Con informacion de Primera Edicion.