El Paraná se impone desde la costanera natural Juan Pablo II de Puerto Rico, un corredor ecológico de 500 metros donde la vegetación ribereña, la historia local y la ingeniería de conservación conviven en un mismo paisaje.
El nombre del paseo tiene origen en las propias palabras del fundador de la localidad. Según explicó la profesora jubilada Leonor Kuhn, quien recorrió el lugar junto a los enviados de este medio, fue Carlos Culmey quien, al buscar un mejor emplazamiento portuario que el ya existente en San Alberto, encontró en ese punto un río con aguas profundas. De esa observación nació el nombre Puerto Rico.
Uno de los elementos más convocantes del paseo es un enorme tronco hueco de cañafístula. Kuhn describió que el ejemplar fue trasladado desde una chacra de Arroyo Blanco, en Garuhapé, y donado para su exhibición permanente. Según explicó, la pieza fue traída para que los visitantes pudieran dimensionar cómo eran los árboles que integraban la selva paranaense antes del avance de la agricultura y la llegada de los primeros colonos. El tronco mide cuatro metros de largo y tiene un diámetro comparable al de una persona de estatura media.
La costanera también presenta desafíos de ingeniería. Kuhn señaló que las barrancas no escaparon a los cambios provocados por la represa Yacyretá, y que durante la ejecución del paseo fue necesario resolver el problema de la erosión producida por las crecidas del río. La solución adoptada fue un sistema de gavionado: «estructuras modulares utilizando cestas de malla metálica de alta resistencia, las cuales se rellenaron con piedras de gran tamaño y se colocaron de manera escalonada para estabilizar el terreno, proteger márgenes y controlar la erosión de forma eficiente», precisó la docente.
Kuhn también recordó cómo era el lugar antes de convertirse en espacio público. Contó que allí funcionaba la quinta de la familia Seidel, dedicada a la producción de naranjas. La ubicación ribereña protegía los cultivos de las heladas y garantizaba fruta de calidad. Los vecinos aprovechaban los depósitos de arena que se formaban naturalmente para reunirse los domingos y feriados. «La gente disfrutaba del río, era un punto de encuentro de vecinos», recordó. Cuando la producción naranjera dejó de ser rentable, el municipio adquirió la propiedad y la transformó en la costanera actual.
Los cañaverales que bordean el paseo, según destacó Kuhn, son matas que existían incluso antes de que la chacra fuera propiedad de los Seidel. Esa vegetación permanente aporta identidad visual al lugar y encuadra la vista hacia la ribera paraguaya de Puerto Triunfo, localidad vecina con la que persiste un importante flujo vecinal, aunque la actividad portuaria entre ambas márgenes culminó a fines de los años ochenta, en línea con el declive de los puertos de cabotaje de toda la región.
El boulevard arbolado de la avenida de doble mano, con lapachos plantados por el grupo scout Stella Maris, completa el recorrido. Hacia el final del paseo existe además un pequeño salto de agua: un arroyo que nace de una vertiente ubicada en un montecito y desemboca en el Paraná en forma de cascada natural. Se trata de uno de los atractivos menos conocidos del lugar. Por el momento no es accesible, ya que toda la zona se encuentra en obras correspondientes a la ampliación del segundo tramo de la costanera.
Con informacion de Primera Edicion.