Cada vez menos manos para trabajar el campo: la escasez de peones rurales preocupa al agro misionero

En colonias de San Vicente, Oberá, Andresito, Aristóbulo del Valle y otras localidades productivas de Misiones, una dificultad que antes aparecía solo en épocas de cosecha se instaló de forma permanente: cada vez cuesta más encontrar peones rurales dispuestos a trabajar en las chacras.

Pequeños y medianos productores son quienes más sienten el golpe. Actividades como la cosecha de yerba mate, el mantenimiento de cultivos, la horticultura y la producción ganadera dependen en buena medida del trabajo temporario, y completar cuadrillas se volvió un desafío cotidiano.

«Antes vos avisabas en el pueblo y enseguida aparecía gente para trabajar. Ahora cuesta muchísimo. Muchos vienen un día y no vuelven más porque el trabajo es pesado», contó Ramón, productor yerbatero de la zona de Campo Grande.

Las razones son varias. Los ingresos que pueden ofrecer los colonos no logran competir con empleos urbanos o informales, en un contexto económico que no da margen para mejorar salarios. A eso se suma el desgaste físico propio del trabajo rural: jornadas extensas bajo el calor y la humedad, en terrenos difíciles.

«Los chicos prefieren irse a Posadas, Oberá o Iguazú para trabajar de otra cosa. Aunque ganen parecido, buscan algo menos sacrificado», explicó Marta, productora hortícola de Ruiz de Montoya. Según relató, en varias ocasiones tuvo que reducir la superficie cultivada porque no consiguió personal para carpir y cosechar.

En las chacras también identifican un cambio generacional. Muchos hijos de productores eligen estudiar o buscar oportunidades fuera del campo, mientras que pocos quieren continuar con las tareas agrícolas tradicionales.

El fenómeno no es exclusivo de Misiones, pero en la provincia se siente con particular intensidad dado el peso del trabajo manual en sus producciones. La yerba mate es uno de los sectores más afectados, con dificultades crecientes para sumar tareferos en los momentos clave del año. Lo mismo ocurre con las huertas y producciones familiares, donde la maquinaria todavía no puede reemplazar al trabajador humano: las pendientes del terreno y el tamaño reducido de muchas parcelas hacen inviable una mecanización completa.

Cuando el personal falta, las consecuencias son concretas: se demoran limpiezas, avanzan las malezas, cae el rendimiento y suben los costos. En algunos casos, directamente se abandonan sectores de producción.

La informalidad laboral suma otra capa al problema. Muchos trabajadores prefieren changas puntuales antes que compromisos permanentes, lo que genera inestabilidad para ambas partes.

Ante el escenario, algunos productores empezaron a incorporar herramientas que reducen el esfuerzo físico, y otros se organizan con vecinos para compartir mano de obra en los momentos de mayor demanda. Sin embargo, coinciden en que la solución excede lo que cada chacra puede resolver por su cuenta.

Lo que durante años fue una incomodidad estacional hoy se presenta como uno de los desafíos más serios y menos visibles del agro misionero.

Con informacion de Primera Edicion.