Agostina Vega y Dulce Candia: dos muertes que obligan a preguntarnos qué miramos antes de la tragedia

El asesinato de Agostina Vega, de 14 años, generó una conmoción masiva en el país. Las redes sociales, los medios y miles de personas expresaron dolor e indignación. Sin embargo, según plantea la licenciada María Valoy, especialista en violencia familiar y abuso sexual infantil, la pregunta que persiste es siempre la misma: ¿se podría haber evitado?

Valoy menciona también el caso de Dulce Beatriz Candia, de 17 años, asesinada en Eldorado, Misiones. Dos adolescentes. Dos familias devastadas. Dos historias que, a su criterio, comparten algo más que la tragedia final.

«La violencia rara vez aparece de un día para otro», señala la profesional. Según su análisis, la violencia deja huellas, señales y alertas que con frecuencia se ignoran: antecedentes previos, denuncias que no recibieron la atención necesaria, comportamientos controladores, amenazas y situaciones que, vistas en conjunto, configuran un patrón de riesgo.

En el caso de Agostina, el principal acusado es Claudio Barrelier. Valoy considera importante nombrarlo, porque según indica, los responsables suelen quedar diluidos en el relato social mientras las víctimas son quienes permanecen en la memoria colectiva.

Desde su experiencia profesional, la especialista sostiene que la prevención no comienza cuando una persona desaparece ni cuando aparece una denuncia en los medios, sino mucho antes, cuando todavía existe la posibilidad de intervenir.

Valoy plantea una serie de interrogantes: si las instituciones están escuchando a las mujeres cuando denuncian, si se les cree cuando expresan miedo y si se acompaña a los adolescentes cuando atraviesan situaciones de riesgo. Para ella, la violencia no es un problema individual sino social, que atraviesa familias, comunidades, instituciones y al Estado.

En ese sentido, advierte que cada vez que una denuncia es ignorada o una situación de riesgo es minimizada, la posibilidad de prevenir disminuye. Reclama una cultura donde las señales sean tomadas en serio, donde las víctimas encuentren escucha y protección, y donde las instituciones respondan con rapidez.

«Cuando la tragedia ocurre, ya no estamos previniendo. Estamos lamentando», concluye la profesional, quien llama a aprender a escuchar, intervenir y creer antes de que el daño sea irreversible.

Con informacion de Primera Edicion.