En Colonia Guaraní, a pocos kilómetros de Oberá, Andrea Lenczinski cultiva el mismo terreno que sus abuelos empezaron a trabajar hace casi un siglo. Gregorio Szyszco llegó a la zona en 1925 y Gregorio Lenczinski lo hizo en 1928, ambos en el marco de las políticas de colonización agrícola que abrieron la selva misionera a familias inmigrantes de origen polaco. Hoy, Andrea es quien intenta sostener ese legado frente a una crisis que golpea con fuerza a las economías regionales de la provincia.
El problema es conocido entre los colonos: los precios que reciben por la materia prima están muy por debajo de lo que cuesta producirla. «Vendiendo la hoja verde no se cubre ningún costo», afirma Andrea al hablar de la yerba mate, que también forma parte de su producción. Con el té, dice, la situación es todavía más difícil: «Yo tengo diez hectáreas y hoy no puedo cosechar ese té. Lo único que hago es mantener las plantas para que no crezcan demasiado y elaborar una pequeña cantidad en partidas limitadas y gourmet».
Fue esa realidad la que la llevó a cambiar de estrategia. En lugar de vender grandes volúmenes de hoja, comenzó a elaborar té artesanal de especialidad en pequeñas partidas, con procesos de oxidación controlados y distintos perfiles sensoriales. Actualmente produce ocho variedades diferentes que llegan a consumidores de toda la Argentina, desde Misiones hasta Tierra del Fuego, e incluso al exterior.
«Hago una producción bien gourmet porque es la forma de revalorizar mi té», explica la productora, quien aclara que el volumen reducido no es una decisión comercial orientada a generar exclusividad, sino una consecuencia directa de las limitaciones que impone la crisis. «Me gustaría que el té se consumiera mucho más y poder producir más cantidad, pero hoy esta es la forma que encontré para seguir manteniendo la chacra y las plantaciones», señala.
A la producción artesanal se sumó una propuesta de turismo rural que permite a los visitantes recorrer la finca y conocer el proceso de elaboración, conectando la experiencia con la historia del lugar.
Sin embargo, Andrea advierte que el contexto sectorial es grave. «Hay mucha desesperación. Mucha gente me escribe pidiéndome trabajo y tengo que decirles que no. Tengo trabajo para hacer, pero no tengo cómo pagarles», lamenta. La caída de la actividad, sostiene, no solo afecta a quienes producen sino también a los trabajadores rurales y a las economías locales que dependen del agro.
La productora integra un grupo de trabajo que recibe asistencia técnica y avanza en certificaciones agroecológicas. En su finca, bautizada Finca Victoria, ya reemplazaron insumos convencionales por alternativas más sustentables e incorporaron un horno solar para el secado de las hojas.
Aun así, insiste en que las soluciones individuales no alcanzan. «Nos dijeron que tenemos que adaptarnos al mundo, y eso queremos hacer. Pero necesitamos plazos y herramientas para hacerlo», sostiene. Entre las medidas que considera necesarias menciona la incorporación de tecnologías de molienda y empaque en origen para que los productores puedan comercializar el producto terminado, y la creación de instrumentos financieros específicos para el sector. «Hay que revalorizar la chacra y al colono, que hoy está expuesto a morir de hambre», advierte.
Mientras tanto, Andrea sigue trabajando las mismas hectáreas que «De ninguna manera quería perder esas plantaciones que cuidaron mis abuelos y mis padres. Son parte de nuestra historia», sintetiza.
Con informacion de AgroMisiones.