El changuito cargado para la semana o el mes es cada vez más una imagen del pasado. Hoy, detrás del mostrador de los almacenes de barrio, la escena habitual es otra: un cliente que entra, lleva fideos, un puré de tomate y queso rallado, paga alrededor de $5.400 y se va. Eso es lo que Fernando Savore, vicepresidente de la Federación de Almaceneros, llama «compra hormiga».
En diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones, Savore explicó que esta modalidad refleja consumidores que calculan cada gasto con precisión y que disponen de márgenes cada vez más estrechos. La síntesis que encontró detrás del mostrador fue directa: «Llega el 20 y parece que es fin de mes».
Ese comportamiento también modificó la relación entre el comercio de cercanía y los hipermercados. Para gastar $20.000, señaló Savore, muchas personas ya no consideran conveniente trasladarse hasta una gran superficie, estacionar y recorrer las góndolas. El almacén recupera frecuencia de visitas, aunque no necesariamente volumen de ventas.
Sobre la política de precios, el dirigente cuestionó los resultados de programas como Precios Justos y Precios Cuidados. Según su evaluación, esos esquemas concentraron el consumo en grandes supermercados y dificultaron a los pequeños negocios el acceso a ciertos productos. Recordó faltantes de aceite, arroz y azúcar durante esos períodos, incluso tratándose de bienes producidos en el país, y sostuvo que esa escasez generó condiciones para la especulación en el abastecimiento mayorista. A su entender, tras la liberación de precios esos problemas de disponibilidad disminuyeron, aunque el nuevo escenario obligó a los comerciantes a adaptarse a reglas diferentes.
Cuando el precio de un producto parece excesivo, el consumidor simplemente lo deja en la góndola. Esa conducta, según Savore, está abriendo espacio a pequeñas y medianas empresas con precios más bajos. Como ejemplo, señaló que un pan lactal de primera marca puede costar alrededor de $6.000, mientras que el de una pyme se ubica cerca de los $3.000. En gaseosas, frente a primeras marcas que superan los $5.000 en ciertas presentaciones, hay opciones de fabricantes menores en torno a los $2.000.
En lácteos observó aumentos sucesivos en los primeros meses del año: 2,5% en enero, 2,7% en febrero, 3% en marzo, luego un 4% y otro 3%, acumulando aproximadamente un 15%. Con ingresos que no siguieron ese ritmo, los consumidores comenzaron a prestar más atención a marcas sin grandes campañas publicitarias pero con precios más accesibles. Los almacenes mantienen las marcas líderes porque parte del público las sigue pidiendo, pero incorporan cada vez más productos de pymes.
Savore destacó el esquema de provisión directa como una ventaja concreta: cuando un pequeño fabricante entrega mercadería y cobra al contado, obtiene recursos de inmediato para producir o pagar salarios. El almacenero consigue un precio más competitivo y puede trasladarlo al cliente. Contrastó ese mecanismo con el de las grandes cadenas, donde aseguró que una pyme puede terminar cobrando sus ventas recién 60 días después, una condición que muchas empresas pequeñas no pueden sostener.
Otro cambio impulsado desde el sector es la política de descuentos. Frente al modelo habitual de las grandes superficies, donde para acceder a una promoción muchas veces hay que comprar tres o más unidades, los almaceneros comenzaron a aplicar beneficios directamente por producto. Savore explicó que el criterio tiene especial importancia en barrios de menores ingresos: quien solo puede comprar una unidad no debería pagar un precio unitario mayor por esa limitación económica.
La situación de las pymes, sin embargo, no es homogénea. Savore mencionó el caso de una empresa de panificados de Tres de Febrero que comenzó antes de la pandemia con seis empleados y hoy tiene 125, como muestra de que es posible crecer en contextos adversos. Pero cuestionó que históricamente los distintos gobiernos hayan prestado poca atención a ese sector, y consideró que muchas empresas sobreviven gracias a la iniciativa de sus dueños, sin acompañamiento suficiente de las políticas públicas.
En ese punto, Savore introdujo una referencia directa a Misiones. Durante una reciente visita a Posadas, conoció numerosas pymes alimenticias cuyos productos calificó como de excelente calidad y precios accesibles, entre ellos mermeladas de grosella y mamón. El problema aparece al intentar llevarlos a mercados como Buenos Aires: el costo logístico reduce buena parte de la ventaja competitiva. Para él, allí hay una discusión pendiente sobre políticas de acompañamiento a pequeños productores de alimentos.
A los desafíos del mercado se suma el comercio electrónico, que Savore definió como un «vendedor silencioso» que opera todo el tiempo aunque el comerciante no lo perciba. Por eso consideró imprescindible capacitarse y mencionó las herramientas disponibles en entidades como CAME y la Cámara Argentina de Comercio, que ofrecen cerca de 87 cursos gratuitos orientados a distintos aspectos de la actividad comercial.
Desde sus 40 años de experiencia, Savore trazó un paralelo con otra transformación similar: cuando los almacenes de mostrador dieron paso a las góndolas, muchos resistieron el cambio y quedaron en el camino. Ahora, considera que el sector enfrenta un salto equivalente, esta vez vinculado a la digitalización.
A eso se suman los costos fijos. Alquileres y servicios aumentaron hasta hacer cada vez más difícil alcanzar el punto de equilibrio. Su propio negocio, ubicado en Morón, en el conurbano bonaerense, tiene 92 metros cuadrados y paga alrededor de $900.000 mensuales de electricidad, una cifra que, según contó, suele sorprender a almaceneros de otras provincias cuando la escuchan.
Con informacion de Primera Edicion.