Las palabras tienen la capacidad de construir o de destruir. Cuando toman el segundo camino, sus consecuencias pueden ser impredecibles y de alcance difícil de medir.
Este 18 de junio se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, una fecha que invita a distinguir entre lo que es discurso de odio y lo que no lo es. No se trata de una opinión impopular, de una queja o de una crítica: es una herramienta que deshumaniza, refuerza prejuicios y puede derivar en violencia concreta.
Las redes sociales funcionan hoy como amplificadores de este tipo de mensajes, frecuentemente presentados bajo el paraguas de la libertad de expresión. Sin embargo, esa libertad nunca fue una habilitación para promover el desprecio hacia otros. En su sentido más pleno, la libertad de expresión defiende la dignidad de las personas, no la vulnera.
El lenguaje que naturaliza el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, el machismo o la homofobia —ya sea en plataformas digitales o en espacios políticos— no solo daña a quienes son sus destinatarios. También prepara condiciones para actos violentos, políticas excluyentes y la negación de derechos fundamentales.
Frente a ese escenario, las decisiones cotidianas sobre cómo nos expresamos, qué contenidos compartimos y a qué voces les damos visibilidad cobran relevancia. El lenguaje puede ser, también, una forma de resistencia frente al odio.
Con informacion de Primera Edicion.