El loro pecho vinoso lucha por sobrevivir en el norte misionero: 13 pichones volaron en la temporada 2025

Hace un siglo, las bandadas de loros pecho vinoso eran tan densas en el Bosque Atlántico que los naturalistas de la época describían que podían oscurecer el cielo. Hoy esa imagen es historia: la especie está en peligro a nivel global y en peligro crítico en Argentina, donde se calcula que quedan menos de 500 individuos. La gran mayoría de ellos vive en el centro-norte de Misiones.

En ese contexto, el norte provincial se convirtió en territorio clave para intentar revertir la situación. En torno a Tobuna, en el departamento San Pedro, avanza el Proyecto Loro Vinoso, impulsado por Aves Argentinas, el Ministerio de Ecología de Misiones y el Instituto Misionero de Biodiversidad (IMiBio), con la participación de investigadores, voluntarios y familias rurales.

El último conteo anual registró 323 individuos en Argentina, dentro de un relevamiento trinacional que también alcanzó a Brasil —donde se contabilizaron 178— y Paraguay, con 42. En total intervinieron 67 personas y se monitorearon 20 sitios a lo largo de toda la distribución de la especie. Los responsables del proyecto aclaran que la muestra en Brasil y Paraguay fue parcial porque no se pudieron cubrir todos los puntos necesarios. En Argentina, los resultados son similares a mediciones anteriores, lo que permite hablar de estabilidad poblacional, aunque en un número todavía crítico.

La estabilidad no alcanza para dar tranquilidad cuando la población es tan pequeña. Cada pichón que nace y cada nido que se salva tiene peso real sobre el futuro de la especie. Por eso la temporada reproductiva 2025 fue considerada un avance concreto: se registraron al menos 15 pichones nacidos, de los cuales 13 lograron volar con éxito. Ocho de ellos fueron equipados con transmisores para seguir sus movimientos y estudiar su supervivencia en una etapa decisiva de su vida.

La mayor parte de la población argentina del loro pecho vinoso habita en San Pedro, en un paisaje donde los fragmentos de selva nativa se mezclan con chacras, cultivos de yerba mate, tabaco, maíz y ganadería. Esa convivencia hace al proyecto especialmente sensible: la conservación ocurre en territorios habitados y productivos, no en áreas aisladas.

Durante 2025 también se puso en funcionamiento la Estación Biológica Tobuna, cedida por el Municipio de San Pedro a través de su delegación local. El espacio fue acondicionado por el equipo del proyecto y permite sostener presencia permanente en la zona, fortalecer el monitoreo de campo y mantener vínculos con la comunidad, incluyendo a niños y niñas que participan en actividades de educación ambiental.

En la última temporada, 14 familias colaboraron en la identificación y protección de nidos, 15 chicos y chicas integraron el Club de Naturaleza y un equipo rotativo de 13 personas —entre personal de Aves Argentinas y voluntarios— llevó adelante el trabajo de campo.

«Esta temporada fue clave para el loro vinoso. La instalación de las cajas nido, el monitoreo de parejas y pichones, el conteo poblacional y todas las líneas de acción del proyecto fueron posibles gracias al trabajo en red de investigadores, voluntarios, madrinas, padrinos de nidos y a las familias de las chacras que son parte de este gran proyecto para salvar a una especie en peligro crítico», expresó Sofía Zalazar, de Aves Argentinas.

La pérdida de selva es la amenaza más evidente. El Bosque Atlántico perdió más del 85% de su cobertura original por la expansión agrícola, forestal y urbana, según los reportes del proyecto. Esa reducción fragmentó los ambientes que la especie necesita para alimentarse, moverse y reproducirse.

Hay además un problema menos visible pero igualmente decisivo: la escasez de cavidades naturales. El loro pecho vinoso necesita huecos en árboles grandes para anidar, y esos espacios se forman lentamente por procesos naturales. La extracción histórica y actual de árboles de gran porte redujo drásticamente esos sitios disponibles.

Para compensar esa limitación, durante 2025 se instalaron 40 cajas nido en árboles nativos de sitios estratégicos, seleccionados a partir de relevamientos previos y con el aporte del conocimiento territorial de las familias locales. Aunque el loro vinoso aún no utilizó ninguna de ellas, dos ya fueron ocupadas por otras aves —trepadores y lechuzas—, lo que el equipo interpreta como una señal de que las estructuras funcionan dentro del ecosistema. El uso por parte de la especie objetivo podría darse luego de uno o dos años desde la instalación, como ocurre habitualmente en este tipo de programas.

Además de las cajas, se identificaron siete nidos naturales activos en especies como araucaria, rabo molle, marmelero, timbó de monte e higuerón, lo que refuerza la importancia de conservar árboles maduros con cavidades en pie.

El monitoreo de parejas y pichones fue una de las actividades centrales. Los equipos recorrieron a pie chacras y fragmentos de selva para detectar nidos, muchas veces guiados por el propio comportamiento de los loros al entrar o salir de sus cavidades. Una vez localizados, los nidos fueron seguidos periódicamente: se evaluó el estado de los pichones, se los pesó, se removieron ectoparásitos y se los anilló. En los controles se registró un promedio de ocho larvas por pichón, que fueron extraídas manualmente.

El proyecto también aplicó medidas de protección durante la nidificación: techos en cavidades para resguardar los nidos de lluvias intensas, cámaras trampa para detectar depredadores y guardias en sitios vulnerables para prevenir el saqueo de pichones, una amenaza que, junto con la tenencia ilegal, sigue siendo un riesgo vigente para la especie.

Con informacion de Primera Edicion.