Durante más de tres décadas, los pequeños sobres de semillas que distribuía el programa ProHuerta en todo el país tenían un origen común: las cooperativas agropecuarias de San Juan. Detrás de ese trabajo estaba FECOAGRO, la Federación de Cooperativas Agropecuarias de San Juan, que llegó a producir cerca de un millón de colecciones por temporada y canalizaba el 90% de su producción a través de ese programa del INTA.
La suspensión definitiva de ProHuerta en 2024 golpeó de lleno a la federación. De 30 cooperativas pasaron a 25, y el equipo interno se redujo de veinte personas a ocho. «La pérdida fue muy grande», reconoció Javier Escudero, integrante de FECOAGRO.
Hoy la red involucra a más de 500 familias distribuidas en distintos valles de San Juan, donde el clima funciona como una ventaja productiva. Las zonas más frías concentran variedades de invierno como lechugas y porotos, mientras que en los sectores más cálidos se producen melón, sandía y acelga. En total, la federación maneja alrededor de 70 variedades entre hortalizas y flores, todas bajo un sistema agroecológico que excluye el uso de insecticidas y fungicidas de síntesis química.
Ante la caída de la demanda estatal, FECOAGRO emprendió una reorientación comercial. Municipios, gobiernos provinciales, organizaciones sociales e instituciones comenzaron a reemplazar parcialmente al programa nacional como compradores de kits de semillas. También creció la venta a granel para productores y distribuidores privados.
En ese esquema, la región del Litoral aparece como un mercado prioritario. La federación designó representantes en Misiones, Corrientes y Entre Ríos para fortalecer la distribución en provincias que antes recibían sus semillas de manera indirecta a través de ProHuerta.
«Nos vamos adaptando a las dificultades que aparecen. La idea es seguir creciendo porque detrás de FECOAGRO hay muchas familias que viven de este trabajo», señaló Escudero.
La producción de semillas no es la única actividad de la federación. Siete de las 25 cooperativas están integradas por grupos de mujeres que transforman los subproductos del proceso semillero en alimentos elaborados. Escudero explicó que la iniciativa surgió de aprovechar la materia prima que queda tras extraer las semillas: «Cuando producimos semillas de zapallo hay que abrir el fruto para extraerlas. Entonces pensamos qué hacer con esa pulpa y ahí nacieron otros productos como zapallo en cubos, zapallo en almíbar y mermeladas». Esa lógica de agregado de valor generó una segunda fuente de ingresos para las familias rurales de la federación.
Con informacion de AgroMisiones.