Teresa Matos, la partera de El Saltito que trajo al mundo a decenas de niños en las colonias de Misiones

En El Saltito, el paraje más alejado de 25 de Mayo, Teresa Matos tenía 39 años cuando, sin buscarlo, encontró su lugar en el mundo. Corría 1979 y un hombre desesperado la interceptó en el camino para pedirle ayuda: su mujer estaba de parto y no había tiempo de llegar a ningún centro de salud.

«Yo había salido para ir a buscar la caja y por el camino salió este hombre, me pidió que lo acompañe porque su mujer estaba mal. Tenía todo listo en el bolso ya para ir al doctor, pero no hubo más tiempo y el bebé nació en mis manos… así empezó», recordó.

Desde esa noche, las familias de las colonias comenzaron a golpear su puerta cada vez que llegaban los dolores de parto. Y ella nunca se negó. Caminó picadas oscuras en el monte, atendió partos de madrugada bajo la lluvia, y llegó hasta donde ninguna ambulancia podía entrar. Lo hizo durante casi cincuenta años, hasta los 84, cuando asistió su último nacimiento: un varoncito que hoy tiene dos años.

«Siempre me venían a buscar. Yo me iba con todo mi corazón para atenderlas. Nunca cobré nada de ninguna», afirmó.

Teresa nació el 30 de septiembre de 1940. Parte de su adolescencia transcurrió en Brasil, junto a su familia, antes de regresar a Misiones. Se casó a los 20 años en Saltito, tuvo siete hijos y quedó viuda siendo todavía joven. Sus propios partos los atendió su madre, que también era partera, y fue observándola que Teresa, sin saberlo, fue incorporando ese conocimiento.

«Mi mamá era partera. Los siete hijos que tuve me atendió ella. Por ella saqué la experiencia. Como ella me atendió a mí, así también atendí después a las mujeres», explicó.

Aprendió a reconocer cuándo un bebé estaba bien ubicado para nacer y cuándo era necesario intervenir. Mostró con las manos ese gesto suave y ondulante con el que acomodaba a los bebés sobre la panza de las embarazadas, como si todavía estuviera haciéndolo. También recurrió a los recursos que el campo ofrecía: «Yo aprendí a hacer un tecito con el brote del parral de uva, que sirve para estimular el útero cuando se entra en labor de parto. Eso no es recomendado en otro momento, se toma cuando la mujer necesita dilatación, se hierve una tacita con tres o cuatro brotes y ahí nacen pronto», contó.

Su fama fue creciendo por los caminos de tierra. El primer bebé que recibió en sus manos fue Omar Storch, y desde entonces la noticia corrió entre las familias del paraje. Llegó a asistir partos hasta en Apóstoles. «Tengo montón de nietos allá, gracias a Dios», dijo con una sonrisa.

A esos niños y niñas que trajo al mundo los llama sus nietos. «Yo les digo así», admitió con algo de picardía y algo de pudor.

«Tuve toda clase de partos. Acá cerquita atendí a una mujer, mamá de mellizas, dos nenas que nacieron en mis manos y ya están grandes. Un parto atendí en un auto, porque la mujer fue al médico y el bebé venía de pies. Me buscaron para arreglar la panza y nació ahí mismo. Ya están todos grandes, están todos criados. Gracias a Dios, todos sanos», repasó.

Hoy, a los 86 años, Teresa vive en su casita de madera en El Saltito, donde el frío del invierno se cuela por las rendijas y la jubilación apenas alcanza. La sordera le dificulta las conversaciones, pero los recuerdos de aquellos nacimientos siguen intactos, aunque reconoce que algunos se están borrando desde que, hace dos meses, perdió a uno de sus hijos.

«Yo me quedé mal y desde entonces muchos recuerdos se me están borrando, se van de mi cabeza. Me quedo así como en la nada», dijo entre lágrimas. Aun así, aseguró estar contenta de que su historia quedara registrada, antes de que «a mí también me toque partir», susurró.

El suyo es un testimonio de valor cultural: el de las parteras del monte misionero, mujeres que sostuvieron la vida en los rincones más alejados de la provincia cuando el sistema de salud no llegaba. Un oficio aprendido en la observación y transmitido de manera oral, que hoy está en riesgo de desaparecer con ellas.

Con informacion de Primera Edicion.