En el mundo del deporte posadeño, el nombre de Tun es tan conocido como respetado. Lo llaman el «huesero», aunque él prefiere definirse como masajista. A sus 82 años, sigue atendiendo en su estudio del barrio Yohasá —adonde fue relocalizado desde el antiguo barrio El Brete— a pacientes que llegan exclusivamente por recomendación de boca en boca. No tiene tarjetas, no tiene redes sociales. No las necesita.
Pero para entender quién es Tun hay que remontarse varios miles de kilómetros y más de cuatro décadas atrás, hasta el sudeste asiático.
A fines de los años 70, Tun y su familia se vieron obligados a abandonar Laos. «Nosotros escapamos de la guerra», relató. El avance de un régimen autoritario y comunista los empujó primero a un campamento de refugiados en Tailandia, donde permanecieron varios años esperando un destino.
Fue allí donde representantes de la embajada argentina se acercaron a los refugiados con una propuesta concreta. «Dijo: ‘¿quién quiere venir a vivir a Argentina?'», recordó Tun. Las condiciones ofrecidas incluían cobertura médica gratuita, exención de impuestos y un apoyo económico inicial. Aceptó.
El grupo de refugiados llegó primero al aeropuerto de Ezeiza, donde les mostraron un mapa y les dieron a elegir dónde radicarse. La decisión de Tun fue casi instintiva: «Yo miré Misiones, parecía mi país en el clima, todo. Y el pescado, por eso vine para acá». El 12 de febrero de 1980, junto a su esposa y una beba de tres meses, pisó por primera vez suelo misionero.
Diez días después los enviaron a Wanda, a trabajar en una cooperativa agrícola. El primer contacto con la yerba mate fue, según él mismo reconoció entre risas, un desastre: «Nos mandaron a la cosecha de yerba sin saber qué planta es». Sin instrucción previa, cortaban sin criterio. «Nosotros cortábamos la planta y murió casi una hectárea», recordó.
A ese choque cultural se sumó la barrera del idioma. La jornada arrancaba a las cinco de la mañana y terminaba a las seis de la tarde, con clases de castellano a las siete de la noche. «¿Quién tiene fuerzas para ir una hora?», reflexionó. Tres meses después, con las manos destrozadas por la cosecha, tomó una decisión: «Mi mano no aguantaba, me rompía todo». Dejó Wanda y se instaló definitivamente en Posadas.
El punto de inflexión llegó alrededor de 1990, cuando se vinculó al club Atlético Posadas. El contacto diario con jugadores y cuerpo técnico fue su verdadera escuela de español. Aprendió, según contó, «más con los muchachos», entre vocabulario formal y el lenguaje propio del vestuario.
En ese entorno comenzó a desplegar lo que aprendió de su abuelo: la masoterapia oriental. «Yo lo aprendí con mi abuelo, por el apellido», explicó, y remarcó que era el único nieto varón y que la tradición recayó naturalmente sobre él. La técnica, completamente nueva en la región, resultó muy efectiva para tratar traumatismos, esguinces, ligamentos y puntos nerviosos. Los futbolistas, con sus golpes y caídas permanentes, encontraron en sus manos una solución que no conocían.
Tun atribuye con humor su época en Atlético Posadas a los buenos resultados del club: «Cuando yo estuve con el equipo sale campeón», bromeó, definiéndose como «el mejor masajista».
Su método parte de una lógica clara: antes de manipular una articulación, hay que trabajar el dolor. «Con mucho dolor, tiene que sacar el dolor primero. Si no saca el dolor, el humano se pone duro, tenso, no relaja, entonces yo no puedo acomodar», explicó. Esa intensidad inicial es, precisamente, lo que genera cierta fama entre quienes lo visitan por primera vez. «Algunos amigos cargan a otros: ‘¡Ah, vos vas a Tun y te va a doler mucho, vas a gritar!'», contó con gracia, aunque aclaró que la intensidad depende de la lesión: «No es lo mismo una lesión suave que un ligamento cruzado inflamado».
Hoy reconoce que trabaja menos que antes. «Ya estoy viejo, no tengo más fuerza» para ir a los clubes como lo hacía décadas atrás. Pero su consultorio en Yohasá sigue recibiendo pacientes. Su historia, que arrancó en la guerra y pasó por un campamento de refugiados, la yerba mate y los vestuarios posadeños, sigue viva en cada sesión.
Con informacion de Primera Edicion.