En la madrugada del domingo, Ucrania llevó a cabo uno de los ataques con drones más masivos desde que comenzó el conflicto: más de 500 aparatos fueron lanzados contra territorio ruso, con foco en la región de Moscú.
El Ministerio de Defensa de Rusia afirmó haber derribado centenares de los dispositivos, pero reconoció que varios impactaron en zonas residenciales de la periferia de la capital. El saldo fue de al menos cuatro muertos y varios heridos, además de daños en edificios, vías de comunicación e interrupciones temporales en aeropuertos cercanos a Moscú.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, respaldó la operación y la calificó de represalia «completamente justificada» frente a los recientes bombardeos rusos con misiles y drones sobre Kiev y otras ciudades de Ucrania, que afectaron infraestructura civil y energética.
El episodio evidencia que Ucrania ha desarrollado una capacidad creciente para atacar objetivos ubicados a cientos de kilómetros dentro de Rusia. Ambos bandos han profundizado el uso de drones como herramienta estratégica central, lo que amplía el alcance del conflicto y eleva los riesgos para la población civil y la infraestructura crítica en los dos países.