Miguel Alfredo Tauszig tiene 78 años, vive en Buenos Aires y lleva décadas recorriendo el mundo. Pero desde hace dos años, parte de ese recorrido lo trae hasta el Valle de Cuña Pirú, en Ruiz de Montoya, donde enseña geografía a alumnos mbya guaraní en el colegio de la Comunidad Ñamandú, una escuela que adoptó la pedagogía Waldorf.
Tauszig es licenciado en matemáticas y tiene una maestría en aplicación de modelos matemáticos en administración de empresas. Sin embargo, cuando el colegio donde estudiaba su hijo abrió una secundaria y necesitó un profesor de geografía, hizo cursos de pedagogía y estudió la materia desde lo académico. A partir de ahí, otras escuelas Waldorf del país —en Córdoba, Neuquén, Río Negro y San Luis, entre otras provincias— empezaron a convocarlo. Misiones se sumó el año pasado, y este año repitió la invitación.
La historia del colegio mbya guaraní tiene su propio recorrido. Según relató el profesor, todo comenzó cuando un grupo de voluntarias alemanas visitó la comunidad y empezó a contarles cuentos y a cantarles a los niños. La respuesta fue inmediata: pidieron un jardín de infantes, que se concretó con el apoyo de una fundación germana. Doce años después llegó la primaria, y el año pasado arrancó la secundaria, aunque sin docentes suficientes. Fue entonces cuando empezaron a buscar profesores en otras escuelas Waldorf del país.
En su primera visita, Tauszig trabajó con el octavo grado en torno a África Oriental. Las clases combinaron fauna, imágenes y relatos sobre los pueblos originarios del continente. Destacó la capacidad de observación y análisis de esos alumnos al momento de opinar.
En esta segunda estadía también brindó charlas abiertas a la comunidad de Ruiz de Montoya, a las que prefiere llamar tertulias: transmisiones de vivencias, sin el formato de una clase académica, con espacio para las preguntas del público. Los temas fueron las zonas polares —Antártida y Ártico, sus similitudes y diferencias— y los desiertos.
Sobre la Antártida explicó que es, técnicamente, un desierto: recibe apenas 50 milímetros de precipitación anual, muy por debajo del umbral de 200 o 300 milímetros que define esa categoría. Lo que cae se congela sin evaporarse, y así se formó a lo largo de miles de años una capa de hielo con un promedio de 2.500 metros de profundidad. «Parece una contradicción, pero es así», remarcó: es un desierto y al mismo tiempo la reserva de agua dulce más grande del mundo.
También habló de las algas que flotan en las costas antárticas. Según contó, producen más oxígeno que todos los bosques y selvas del planeta. «La primera vez que lo dijo un científico, me generó dudas, pero después volví, empecé a investigar, y es cierto», señaló. Y vinculó ese dato con el Tratado Antártico Internacional, que protege el continente como parque dedicado exclusivamente a la ciencia y la paz, sin explotación industrial ni armamento.
Tauszig conoce la Antártida de primera mano: durante un tiempo recibía turistas extranjeros que querían conocer Sudamérica y el continente blanco, lo que le permitió visitarlo en varias ocasiones. También estuvo en el Ártico, en verano y en invierno, para observar las auroras polares y conocer a los pueblos Inuit y Sami.
Su vínculo con Misiones también tiene una referencia cultural que le resulta significativa. Mencionó al músico Chango Spasiuk, quien como padre asistía a la escuela de Buenos Aires donde Tauszig enseña. «Al recrear a la provincia de Misiones decía: acá estaban los pueblos originarios y tocaba música guaraní. Pero después llegan los inmigrantes. Vinieron los italianos y tocaban esto; después los alemanes, después los ucranianos, y después todo eso se juntó y tocaba la música del litoral. Con tantas oleadas inmigratorias, para mí es maravilloso y es justamente lo que enriquece. Desde el punto de vista natural, desde el punto de vista de la inmigración y experimentar la cultura de los pueblos originarios -en este caso los mbya guaraní-, es fabuloso. Aprendo más de la comunidad local de lo que puedo estar transmitiendo, por más que ellos vengan a mí como el profesor», afirmó.
El eje de su trabajo docente y de sus charlas gira en torno a una convicción que fue consolidando a lo largo de décadas de viajes: «Todos tenemos claro que la diversidad biológica es una riqueza del planeta, pero no todos tenemos claro que la diversidad cultural es también una riqueza de la humanidad».
Sobre Ruiz de Montoya, fue directo: «Venir a Misiones es maravilloso, por la geografía, pero también por la gente».
Con informacion de Primera Edicion.