Hay partidos que se juegan con la pelota y hay otros que se juegan con la memoria. La final del Mundial vuelve a reunir a millones frente a una pantalla, pero hace tiempo que esta selección dejó de ser solamente un equipo de fútbol.
La Scaloneta recuperó algo que parecía perdido: la convicción de que se puede construir desde la humildad, trabajar en silencio y levantarse después de los golpes. Eso, más allá de cualquier resultado, ya tiene un valor propio.
Por eso habrá abrazos. Los de siempre y los inesperados. El de un padre con su hijo, el de amigos que se juntaron para el partido, el de quienes ya no están pero siguen presentes en una camiseta o en un recuerdo. El fútbol tiene ese poder extraño de detener el tiempo por noventa minutos y hacer que millones sientan lo mismo al mismo tiempo.
En el centro de esa escena estará Lionel Messi. Tal vez sea su última actuación en un Mundial. Tal vez no. Pero nadie puede discutir que ya cambió para siempre la historia del deporte argentino. Durante casi dos décadas cargó con expectativas imposibles, soportó críticas desmedidas y encontró la recompensa cuando decidió seguir adelante.
Esta generación ya entregó la Copa América, la Finalissima y la tercera estrella. Devolvió la alegría de ponerse la camiseta sin miedo y convirtió cada convocatoria en una razón para volver a creer. Quizás por eso esta final tenga un sabor distinto: no se trata solo de levantar otra copa, sino también de la posibilidad de despedir al mejor futbolista de todos los tiempos en el escenario más grande.
Hoy habrá un campeón y un subcampeón. Así funciona el deporte. Pero pase lo que pase cuando el árbitro marque el final, habrá algo que nadie podrá quitarnos: estos años compartidos, las noches interminables, los gritos de gol, las lágrimas, los abrazos.
Y por todo eso, antes incluso de que ruede la pelota, solo queda una palabra: Gracias.
Con informacion de Primera Edicion.