Durante veinte años, investigadores del Programa de Celulosa y Papel (PROCYP) del Instituto de Materiales de Misiones (IMAM), organismo dependiente de la UNaM y del CONICET, trabajaron en el desarrollo de tecnologías para convertir residuos forestales y agroindustriales en productos de alto valor agregado. El marco conceptual de ese trabajo es el de las biorrefinerías de segunda generación (2G), una apuesta que cobra especial relevancia en una provincia que genera millones de toneladas de residuos forestales por año.
El recorrido del grupo siguió la propia evolución del concepto de biorrefinería: primero fue necesario aprender a separar eficientemente los componentes de la biomasa; luego, encontrar aplicaciones para cada fracción obtenida; y finalmente, integrar esos procesos en sistemas orientados a una bioeconomía circular. Ese trayecto puede sintetizarse en cinco grandes hallazgos.
El primero es que prácticamente todas las fracciones de la biomasa lignocelulósica —celulosa, hemicelulosas, lignina y extractivos— pueden aprovecharse. Para lograrlo, es necesario separarlas mediante procesos de fraccionamiento que, a diferencia de la producción tradicional de pulpa, apuntan a recuperar cada componente con la mayor pureza posible. Los primeros trabajos del PROCYP se concentraron en desarrollar y optimizar esos procesos, incluyendo sistemas organosolv, tratamientos hidrotérmicos, explosión de vapor y deslignificación soda-etanol. Más adelante se incorporaron procesos basados en γ-valerolactona (GVL), con alta eficiencia y menor impacto ambiental. Las investigaciones más recientes exploran los denominados solventes eutécticos profundos (DES), considerados una nueva generación de solventes verdes.
El segundo hallazgo tiene que ver con el potencial de la celulosa más allá del papel. Las investigaciones demostraron que puede convertirse en plataforma para producir biocombustibles, nanomateriales y otros materiales de alto desempeño. En una primera etapa, el foco estuvo en la hidrólisis enzimática para producir bioetanol de segunda generación. Luego el trabajo avanzó hacia biocombustibles de mayor valor, como el bioetileno como intermediario para combustibles sostenibles de aviación (SAF). En paralelo, el grupo consolidó una línea de investigación sobre nanocelulosa —microfibras, nanofibras y nanocristales— obtenida a partir de residuos forestales y agroindustriales, con aplicaciones en resistencia mecánica del papel, tintas para impresión 3D, sensores, materiales para regeneración tisular y envases sostenibles.
El tercer hallazgo apunta al valor de las fracciones no celulósicas. Las hemicelulosas fueron convertidas en xilitol, xilanos de alto peso molecular, furfural y ácido levulínico, entre otros productos de interés industrial. Los extractivos, cuya composición varía según la especie vegetal, permitieron desarrollar resinas fenólicas y adhesivos biobasados a partir de taninos de corteza de pino, con aplicaciones en las industrias cosmética, farmacéutica y química.
El cuarto hallazgo es la revalorización de la lignina. Considerada durante años un subproducto destinado a la generación de energía, las investigaciones del PROCYP la posicionaron como una plataforma estratégica. El trabajo evolucionó desde la caracterización de ligninas técnicas hasta el desarrollo de procesos para obtener vainillina, ácido vainíllico, materiales carbonosos semicristalinos, grafeno y nanolignina.
Para la foresto-industria misionera, que enfrenta el desafío permanente de agregar valor en origen y diversificar su producción, el conocimiento acumulado por el PROCYP en estas dos décadas representa un activo científico concreto: la demostración de que los residuos del sector pueden ser una materia prima estratégica y no apenas un problema de gestión.
Con informacion de Misiones Online.