El 21 de junio de 1978, en el estadio Gigante de Arroyito de Rosario, Argentina goleó 6 a 0 a Perú y se clasificó a la final del Mundial. El resultado, necesario para superar a Brasil en el segundo grupo de la fase final, desató sospechas que persisten hasta hoy. Cuatro décadas y ocho años después, ninguna investigación logró aportar una prueba contundente de que el partido haya sido arreglado.
Argentina llegaba a ese encuentro habiendo vencido a Polonia 2-0 y empatado 0-0 con Brasil. Necesitaba ganar por al menos cuatro goles. Perú, ya eliminado tras perder con esos mismos rivales, no tenía nada en juego.
Lo que nadie pudo explicar del todo fue lo que ocurrió antes del pitazo inicial: el dictador Jorge Rafael Videla y el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger visitaron el vestuario peruano. El ex delantero Juan Carlos Oblitas lo recordó años después: «Fue terrible. Hubo varios que se intimidaron y dejaron de cambiarse para escucharlos». Su compañero Héctor Chumpitaz añadió: «Videla se paró ante nosotros y nos dio un discurso en el que llamó a la hermandad latinoamericana y nos deseó suerte. Yo personalmente no lo sentí como una presión, pero con lo que habíamos escuchado Videla daba un poco de miedo».
El partido en sí no fue un paseo desde el arranque. Perú tuvo ocasiones claras: Juan José Muñante pegó en el palo y Teófilo Cubillas desperdició un mano a mano. Recién a los 21 minutos llegó el primero, de Mario Kempes. A partir de ahí, el equipo de César Luis Menotti no paró.
El ex crack holandés Johnny Rep le dijo a Télam que el partido fue «sobornado». Kempes, autor de dos goles esa noche, fue más cauteloso: «Se dijo que los militares apretaron a los jugadores peruanos en el vestuario, que se retribuyó el favor de Perú mandándoles barcos con trigo y maíz, pero nunca saltó una prueba, una foto, un testimonio que lo confirmara».
El periodista Carlos Juvenal escribió en El Gráfico: «Convertimos seis. Y para conseguirlos generamos el doble de situaciones de gol. No podemos aseverar que estemos seis goles arriba de Perú, aunque en nuestras últimas confrontaciones los hemos superado ampliamente, siendo locales y visitantes. No sabemos si, estando Perú en posición más expectante, podíamos haberlo goleado con tanta amplitud. Nadie podrá saberlo. (Pero) ningún gol nos vino de regalo».
Al terminar el partido, Claudio Coutinho, el técnico de Brasil que quedó afuera por la goleada argentina, preguntó ante la prensa: «¿Qué pasó acá?». Los medios brasileños hablaron de escándalo y arreglo.
Entre los hechos verificados, el libro Fuimos Campeones del periodista Ricardo Gotta documentó los vínculos comerciales y políticos entre las dictaduras argentina y peruana, ambas parte del Plan Cóndor. El jefe de la delegación visitante era Francisco Morales Bermúdez, hijo del presidente peruano del mismo nombre. Poco después del Mundial, Videla condecoró con la Orden del Libertador General San Martín al ministro de Guerra peruano, General de División Pedro Richter Prada.
Hubo además un episodio verificable durante el propio partido: en el momento del cuarto gol, estalló una bomba en la casa de Juan Alemann, secretario de Hacienda y uno de los funcionarios que más se había opuesto al costo de organizar el Mundial. Según denunció Alemann tiempo después: «Alguien sabía que Argentina haría cuatro goles».
El resto de las hipótesis sigue sin respuesta: la supuesta liberación de 13 presos políticos peruanos a cambio del resultado, denunciada por el ex senador Genaro Ledesma Izquieta; el pase del jugador Rodulfo Manzo a Vélez Sarsfield después del torneo; las presiones internas sobre el técnico Marcos Calderón para que no alineara al arquero Ramón Quiroga por ser de origen argentino.
El diario español La Vanguardia lo resumió en su momento: «Fue un partido irreal, del que los brasileños dirán que los peruanos estaban comprados o que los argentinos jugaron bajo los efectos de sustancias dopantes. Cualquier hipótesis es posible».
Con informacion de Primera Edicion.