Por el Dr. Luis Alberto Bogado, director ejecutivo del Servicio Provincial de Enseñanza Privada de Misiones (SPEPM).
Durante el último encuentro InterEFAs, un alumno de una Escuela de la Familia Agrícola pronunció una frase que quedó resonando: «Cada cual a su ritmo, a su estilo… y con lo que le hace feliz.» Detrás de su aparente sencillez, esa expresión condensa una manera profundamente humana de entender la educación: no todos aprenden igual, no todos recorren los mismos caminos, y educar significa acompañar antes que uniformar.
En un tiempo marcado por la velocidad, la competencia y la comparación permanente, las escuelas tienen la oportunidad —y también la responsabilidad— de proponer una mirada diferente. Una educación que no mida solo quién llega primero, sino que reconozca procesos, trayectorias, contextos y capacidades.
Respetar el ritmo de cada estudiante no implica bajar las exigencias. Implica comprender que la verdadera calidad de la enseñanza se construye cuando cada alumno encuentra las condiciones necesarias para aprender, desarrollarse y descubrir qué puede aportar a su comunidad.
En Misiones hay instituciones donde esta concepción forma parte de su propia historia. Son comunidades que entienden, de manera natural, que nadie se realiza completamente en soledad y que el crecimiento individual está ligado al bienestar colectivo.
Las Escuelas Públicas de Gestión Privada de la provincia, y en particular las Escuelas de la Familia Agrícola, son una expresión significativa de esta manera de entender la educación. Las EFAs no son solamente establecimientos educativos: representan una experiencia pedagógica estrechamente vinculada con el territorio, las familias, el trabajo y las comunidades rurales.
En ellas se manifiesta lo que podríamos llamar el espíritu misionero: la solidaridad, la cooperación, el esfuerzo compartido, el vínculo con la tierra y la convicción de que las dificultades se enfrentan mejor cuando existe una comunidad organizada.
Esa lógica comunitaria es parte de la vida cotidiana en las colonias y parajes de la provincia. Se comparte una herramienta, una semilla, una experiencia productiva o una jornada de trabajo. Se ayuda al vecino cuando una helada perjudica la producción, cuando una tormenta destruye un techo o cuando una familia atraviesa un momento difícil. La escuela no puede permanecer ajena a esa cultura: debe reconocerla, fortalecerla y convertirla en experiencia educativa.
Aprender no es un proceso uniforme. Algunos estudiantes comprenden mejor observando; otros, haciendo. Algunos necesitan debatir o experimentar; otros requieren más tiempo para apropiarse de determinados conocimientos. La educación situada reconoce esas diferencias y procura construir oportunidades para que todos puedan aprender.
En las EFAs, esta concepción se vincula además con una pedagogía anclada en la experiencia. El aula dialoga con la chacra, con la familia, con la producción y con el ambiente. El conocimiento no aparece separado de la vida cotidiana, sino integrado a ella. Acompañar el ritmo de cada alumno significa entonces observar, orientar, enseñar y volver a enseñar cuando sea necesario.
Tampoco existe una única manera de construir un proyecto de vida. Hay jóvenes que encuentran su vocación en la producción agropecuaria; otros, en la tecnología aplicada al agro, en la docencia, en los servicios o en los emprendimientos productivos. La educación debe brindar herramientas para que esas posibilidades puedan desplegarse.
Educar para el arraigo no significa limitar horizontes. Significa permitir elegir: que quien decida quedarse encuentre oportunidades para estudiar, trabajar y desarrollar un proyecto de vida digno en su propia comunidad; y que quien decida partir lleve consigo una identidad sólida y el conocimiento de sus raíces.
La misión educativa va más allá de la obtención de un título. Educar significa ayudar a construir autonomía, responsabilidad, pensamiento crítico y capacidad de convivencia. Una escuela cumple su misión cuando un joven puede mirar su realidad, comprenderla y sentirse capaz de transformarla.
Cuando un egresado de una EFA se convierte en productor, emprendedor o trabajador de su comunidad; cuando genera empleo, participa en organizaciones locales o decide que sus hijos estudien en la misma institución que contribuyó a su formación, la educación adquiere una dimensión que supera las paredes del aula. Se transforma en desarrollo humano y comunitario.
Desde el SPEPM sostenemos que la política educativa necesita cercanía. Las decisiones administrativas y las normativas son indispensables para garantizar el funcionamiento del sistema, pero ninguna política puede comprender plenamente la realidad si permanece alejada de las escuelas. Por eso elegimos estar donde la educación sucede: en las aulas, en los patios, en las reuniones con las familias, en las jornadas docentes, en las comunidades rurales.
Muchas de las experiencias educativas más significativas ocurren precisamente allí. Suceden cuando un estudiante de una EFA de San Antonio comparte un mate con otro de Dos de Mayo y descubre que, a kilómetros de distancia, tienen sueños y preocupaciones similares. Suceden cuando docentes de distintas instituciones intercambian estrategias y experiencias. Suceden cuando una familia participa de una actividad escolar llevando algo para compartir con otros. Esas situaciones pueden parecer pequeñas, pero construyen algo fundamental: comunidad.
Las EFAs de Misiones funcionan en territorios distintos, con comunidades distintas y con desafíos productivos, sociales y educativos también distintos. Sin embargo, comparten una identidad: la del arraigo, la cooperación y la certeza de que el futuro individual también depende del futuro de quienes viven junto a nosotros.
Eso fue precisamente lo que pudo observarse en el último encuentro InterEFAs. Había actividades deportivas y, naturalmente, competencia. Pero detrás de la competencia había algo más importante: encuentro. Los jóvenes competían y después se saludaban, compartían. Eso también es educación.
Con informacion de AgroMisiones.