Este año se cumplen cuatro siglos de la fundación de la reducción jesuítica de Santa María la Mayor, uno de los establecimientos más relevantes del sistema misional en territorio guaraní.
Fue fundada en 1626 por el español Diego de Boroa y el francés Claudio Royer, con la participación de los caciques Tabacamby, Paraverá y Taupa. Su primer asentamiento se ubicó cerca de la confluencia de los ríos Iguazú y Paraná, concebida junto con Acaray como nexo estratégico entre los pueblos del Guayrá y del Paraná. Los comienzos fueron complejos —por condiciones ambientales adversas y resistencia indígena—, pero la reducción logró consolidarse e incorporar a numerosas familias.
Entre los jesuitas que actuaron allí como curas doctrineros, el historiador Guillermo Furlong destaca figuras como José Cataldini, Antonio Ruiz de Montoya, Francisco Díaz Taño, Simón Bandini y, ya en el siglo XVIII, Pablo Restivo, lo que da cuenta de la importancia del establecimiento y el perfil de sus religiosos.
El desarrollo inicial fue interrumpido por la amenaza de las bandeiras, que en 1633 obligó a un traslado masivo hacia la región del río Uruguay, en el marco del llamado éxodo guayreño. Ese proceso estuvo marcado por el hambre, las enfermedades y enormes esfuerzos logísticos, hasta que la reducción se asentó definitivamente en una zona con mejores condiciones para la agricultura, la ganadería y la pesca.
A lo largo del siglo XVII y buena parte del XVIII, Santa María la Mayor alcanzó un desarrollo sostenido. Su población osciló entre unos 2.500 habitantes en sus inicios y más de 5.000 hacia fines del siglo XVII, período en que incluso impulsó la fundación de San Lorenzo. Luego, epidemias, guerras y migraciones provocaron una nueva caída demográfica. Su economía combinó cultivos de maíz, mandioca, algodón y yerba mate con ganadería y un activo sistema de intercambios entre las misiones.
Fue además un centro cultural de primer orden. En Santa María la Mayor funcionó la segunda imprenta del sistema misional, donde se editaron obras fundamentales en lengua guaraní, entre ellas las de Antonio Ruiz de Montoya y Nicolás Yapuguay. La música, la educación y la liturgia tuvieron un lugar central en la vida comunitaria, con el guaraní como lengua principal de evangelización.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1768, la reducción quedó integrada al nuevo orden administrativo y comenzó un proceso de decadencia. Sin embargo, su población tuvo participación activa en las transformaciones históricas posteriores, incluidos los inicios del proceso revolucionario.
A cuatro siglos de su fundación, Santa María la Mayor es recordada como expresión de la complejidad del proyecto misional jesuítico-guaraní: una experiencia marcada por desplazamientos, adaptaciones y logros culturales que sigue siendo referencia ineludible para comprender la historia regional.
Con informacion de Misiones Online.