Entre los más de 70 expositores que participaron de la cuarta edición de la Expo Té Argentina en Posadas, el stand de Amalia Inés Radovancich generó una curiosidad particular. La productora misionera es una de las pocas personas en el país que elabora té amarillo, considerada una de las variedades más difíciles de producir en el mundo.
Su creación se llama Sayju, palabra que significa «amarillo» en guaraní, y se diferencia claramente de los tés negro, verde o rojo por un proceso artesanal que puede extenderse durante unas 20 horas continuas sin posibilidad de interrupciones.
«Es un té muy difícil de lograr, pero es muy rico. Es suave, envolvente y logré que tenga mucho umami. Tiene un retrogusto que se puede disfrutar sin ser invasivo», describió Radovancich durante su participación en la feria.
El proceso comienza antes incluso de ingresar al taller. Las condiciones climáticas determinan la calidad de los brotes, que deben cosecharse de forma manual y con una selectividad extrema. Una vez en el taller, el trabajo técnico exige atención constante.
«Hay que manejar la humedad de las hojas, la humedad interna de la hebra, controlar la temperatura del wok y adaptar cada paso según la calidad del brote. También influye la cantidad de sofocados que se realizan durante el proceso. No podés dejar el té y seguir después, tenés que acompañarlo continuamente», explicó la productora.
Esa exigencia hace que la cosecha sea poco rentable para los trabajadores rurales. «Hay días en que una persona cosecha apenas 300 o 500 gramos. No rinde económicamente y además es muy difícil conseguir mano de obra que pueda trabajar con estas exigencias», señaló Radovancich.
Por esas razones, Sayju se mantiene como una producción de pequeña escala, orientada a consumidores de té de especialidad. La productora reconoce que escalar el volumen implicaría un trabajo previo de largo aliento: «Se puede hacer, pero detrás hay un enorme trabajo social, cultural y productivo para lograrlo en cantidades mayores».
La elección del nombre en guaraní tampoco fue inmediata. Durante años, Radovancich dudó en utilizar una palabra de esa lengua para nombrar un cultivo que no es originario de la selva paranaense. «Pensaba que ponerle un nombre guaraní a un cultivo que no es originario de la selva paranaense podía ser una forma de invadir esa identidad», recordó.
Fue una participante de uno de sus talleres quien la hizo cambiar de perspectiva. «Una señora de Uruguay me dijo que al ponerle un nombre en guaraní también estaba ayudando a que más personas conocieran que esa cultura sigue viva. Ahí entendí que podía ser un homenaje», relató.
Para Radovancich, lo más significativo de su trabajo es haber logrado desarrollar esta variedad en una provincia donde el té se destina principalmente a la exportación en grandes volúmenes. «Es una belleza lograr este té. Es increíble que del otro lado del continente alguien se haya animado a hacerlo y haberlo conseguido», afirmó.
Sayju representa, en ese sentido, una faceta distinta de la actividad tealera misionera: la que apuesta por la experimentación técnica y las expresiones de especialidad por sobre la producción masiva.
Con informacion de Misiones Online.